martes, 17 de enero de 2017

Westworld I, 1



Primera temporada, episodio 1:


Más que androides, parecen smartphones: la última actualización fue un desastre,  sobrescribió a medias las versiones anteriores y una nueva característica, el "ensueño", demostró ser un error. Los robots empezaron a saltarse líneas de código y a salirse sospechosamente del guión. No del guión de la serie, adaptación de la novela de MIchael Crichton, precisamente, sino del guión programado para entretener a los clientes que pueden pagar por ello, dando rienda suelta no sólo a sus más bajos instintos, sino también a los más altos, porque Westworld "no saca lo peor de uno, sino lo que uno verdaderamente es". Para que los clientes puedan satisfacer tan altas y bajas pasiones es necesario, lógicamente, llevar a los robots al taller al fin de la jornada donde recibirán un adecuado mantenimiento, que incluye una especie de terapia. Los técnicos harán a los robots preguntas de corte metafísico, que deberían hacerse a sí mismos, pero que no se hacen.

"Dolores, ¿alguna vez cuestionaste la naturaleza de tu realidad?"

La pregunta es demasiado humana. Que la realidad sea una simulación  ya se ha propuesto a niveles académicos: si fuésemos capaces de crear inteligencia artificial, podríamos a su vez ser creaciones de seres más avanzados. Sin embargo, aunque los técnicos de Westworld jamás se cuestionan la naturaleza de su propia realidad, les preguntan a los androides si ellos lo hacen. Es una pregunta desperdiciada, puesto que todos sabemos que los androides se rebelarán contra sus creadores humanos. Tanto el Golem de la leyenda hebraica medieval como el monstruo sin nombre que gracias al cine adoptó el apellido de su creador Víctor Frankestein, fueron concebidos originalmente para obedecer y no dañar a ningún ser humano. Pero ambos se volvieron en contra de sus creadores, ya que es un terror inherente a la naturaleza humana, al parecer, la creencia de que dotar  de inteligencia a la materia inerte es ocupar el lugar de Dios o de los dioses y se ha de recibir por ello un merecido castigo.


Supongamos, no obstante, que pudiésemos crear androides como los de Westworld. ¿Les dejaríamos adivinar quiénes somos? La experiencia humana demuestra que, si vivimos en una simulación, los autores de la trama nunca se dejan ver directamente. A menos, claro, que consideremos las teofanías (la aparición  de seres radiantes ante Moisés o Gengis Kan, por ejemplo) como encuentros con el Creador o, cuando menos, uno de sus representantes autorizados. Pero en Westworld no hay mucho lugar para las sutilezas. Si un robot se descontrola al punto de poner en riesgo la vida de sus creadores, se lo puede controlar mediante una tablet -si, una tablet- y si la cosa pasa a mayores directamente a balazos, del mismo modo que hacen los visitantes  del parque, por diversión.

En este capítulo de presentación veremos a un turista disfrazado de vaquero enamorándose de la bella Dolores, al padre de Dolores susurrándole un terrible secreto antes de ser reemplazado por un nuevo padre androide, sin que a ella se le mueva un pelo a la mañana siguiente; imponentes vistas aéreas de las instalaciones de Westworld rodeadas de desierto, la obsesión de un cliente por sonsacar de un aborigen americandroide los secretos del "nivel más profundo del juego", a punta de pistola y con exceso de torturas. Veremos correr litros y litros de sangre innecesaria, a veces mezclada con leche, por todo el episodio y por toda la serie. Veremos a los robots desnudos como un indiscutible acierto, a pesar de las mofas de los críticos, porque es necesario recordarles a los humanos en todo momento quiénes son los otros; y aunque sí veremos a la jefa de las prostitutas ejerciendo una refinada y brutal amabilidad, nos será negado, de forma egoísta, vislumbrar el germen de la liberación de los androides en el oficio más antiguo del mundo. Veremos al mentor y co-creador del parque, Ford, el gran Anthony Hopkins, explicando que no importa que la última actualización sea un error, porque gracias al error la evolución nos ha llevado no sólo a crear inteligencia artificial sino a curar todas las enfermedades y que, por lo tanto, ya no hay motivaciones. En efecto:  el espectador no sabe que lo mejor empezará a  partir del tercer episodio, y no hay razones en el primero ni en el segundo para hacerlo desistir de una probable huida.





jueves, 29 de diciembre de 2016

Tres versiones del infierno: Meet Joe Black, el efecto Mandela y The Collector



 Parece ser que, en una realidad alternativa, si tal cosa existe y hemos de confiar en el testimonio de gente que no conocemos, pero que podría ser sincera, no fue Brad Pitt el protagonista de ¿Conoces a Joe Black? (Meet Joe Black)  sino Leonardo DiCaprio, quien ya había ganado un Oscar por Titanic. Como sea, me tranquiliza pensar, aunque no me consta, que incluso en un universo paralelo el guión no haya recibido ningún premio.


Tal vez debería aclarar que no estoy siendo irónico: desde que se puso de moda el "efecto Mandela", la historia del cine ya nunca volverá a ser como antes. ¿No saben qué es el efecto Mandela?
Hay mucha información -o desinformación- en línea al respecto lo cual me ahorra el trabajo de aburrirme repitiéndolo, pero en una palabra es el recuerdo, que afecta a un gran número de personas, de una realidad diferente a la que parece ser la realidad oficialmente aceptada, y esto involucra frases y escenas de películas como ET, Forrest Gump, Apolo 13 y un largo etcétera. Gente que jura recordar que la frase correcta en Star Wars es "Luke, I'm your father" y no, como parece ser la realidad actual "No, I'm your father".  Aunque este caso particular se suele explicar debido a un recuerdo erróneo, donde un nombre propio suplanta a una preposición negativa para contextualizar la frase fuera de la película, los teóricos de la conspiración sospechan que esta mezcla de realidades se ha producido por las trastadas que los físicos del CERN están haciendo con sus experimentos de partículas. Una facción de ellos, fanáticos religiosos, no vacila en afirmar que el gran Colisionador de Hadrones abrió un portal dimensional que, lejos de ser un agujero negro o de cualquier otro color es directamente la puerta del infierno. Ni más ni menos que la entrada al infierno que podemos ver en la serie de TV canadiense The Collector.

Acerca de Meet Joe Black, creo que no hay mucho para decir que no se haya dicho, salvo que en mi opinión la gente decepcionada espera demasiado de una comedia. Si no fuese una comedia de cabo a rabo, la actuación de Brad Pitt no tendría redención. Pero la hilarante escena donde la Muerte atropella a Brad Pitt debería ser prueba suficiente.

La Muerte quería tomarse unas vacaciones y aprender algo de la vida, para lo cual no se le ocurrió mejor idea que matar a Brad Pitt, ocupar su cuerpo y enamorar a Susan (Claire Forlani), hija del millonario bueno William Parrish (Anthony Hopkins), antes de llevarse a su padre al más allá. Pero como necesita tiempo para seducirla, le condece a su víctima unas horas extras de vida a cambio de diversión.  La muerte, o sea Brad Pitt, aprenderá poco y nada del mundo de los mortales, salvo cómo usar una cuchara para comer manteca de maní a la que se vuelve adicto.

Lo que más me gusta de esta película es cuando Anthony Hopkins trata a Brad Pitt de grandísimo hijo de puta y cuando este le advierte que tenga cuidado y muestre más respeto, Anthony Hopkins le dice que le importa un carajo. No entiendo cómo ese parlamento no suele figurar en las frases memorables de la historia del cine.

Resulta un tanto extravagante leer críticas que pretenden ver en Meet Joe Black alguna enseñanza filosófica. Intentos de negociar la hora de la muerte hubo muchos en la historia del arte desde la primera versión del Fausto, de autor anónimo, que un siglo más tarde inmortalizaría Goethe. Pero limitándonos a las artes visuales, probablemente ninguna superó a la serie de TV canandiense The Collector, la terrible historia del monje Morgan Pym, que en la edad media vendió su alma al diablo para salvar de la plaga a su amada quien, pasados diez años y vencido el contrato, murió como cualquiera. Morgan recrimina al diablo pero este replica, con su endiablada lógica, que en ninguna parte del contrato decía que ella lo sobreviviría. Por alguna razón el diablo renegocia el contrato y en vez de mandarlo directamente al infierno le asgina a Pym la tarea de recolectar las almas condenadas y le concede 48 horas para intentar salvarlas.

Nota al margen: alguien pensó que Chris Kramer, que encarna a Gordon Pym en The Collector, tenía entrenamiento en resolver asuntos en 48 horas y le asginó un papel en la serie 24, pero esta vez el personaje sí murió, y bastante rápido.

En cada episodio de The Collector, el diablo anuncia su presencia mediante su característico ringtone, que puede ser descargado del sitio oficial, en un teléfono Motorola T720 Modelo #92562XZBSA modificado, obviamente, por el diablo y se corporiza en cada capítulo como un actor diferente. Cada capítulo nos presenta un nuevo caso donde el condenado  no sabe que Gordon intentará redimirlo de su pacto con el diablo, muchas veces sin éxito. Las historias abordan la avaricia, la envidia, el afán de éxito y todas las pasiones por las cuales la gente podría vender su alma al diablo, y el condenado puede ser un abogado, un músico de rap, una modelo exitosa, un alquimista, un ufólogo. Cuando Morgan falla en su misión, un portal que sólo puede ser visto por Morgan, el condenado u otro condenado que casualmente pase por ahí, se abre con reminiscencias dantescas, lovecraftnianas y cernianas y el condenado es tragado para su tormento eterno. Y para eterno deleite de los espectadores agradecidos por un guión bien escrito y bien interpretado.