miércoles, 3 de agosto de 2016

La cruda verdad



Nada mejor que el título de esta comedia para una nueva entrada del blog luego de ocho años -y debería ser una 0 gigantesca, vaporosa, cuya estela forma un torbellino alrededor de la circunferencia y se traga una h jamás pronunciada-  sin escribir algo nuevo, y que parezca que fue ayer, sin que nada importante, gracias a Dios, haya pasado.

A pesar de que mucho Twitter, Instagram, Whatsapp, Snapchat, etcétera, haya corrido bajo el puente y que hace ocho años (el estreno fue en 2009,  deberíamos pensar en el contexto tecnológico de un año antes) una selfie no fuese la máxima expresión de nuestro quehacer cotidiano, aun así parece sorprendente que siquiera una pizca de esta conectividad que hoy nos agobia contamine el argumento.


 Lo cual es doblemente sorprendente siendo Nicole Eastman, la única que pone la cara de las tres  guionistas, la elegida para adaptar la novela Time of My Life de Allison Winn Scotch, que cuenta la historia de una mujer que viaja en el tiempo, proeza tecnológica si las hay, aunque, hay que admitirlo, mediante el simple mecanismo de despertarse siete años atrás, lo cual es triplemente sorprendente ya que el filme nunca vio la luz, al menos en mi barrio.


El estudio de televisión podría haber sido transplantado de alguna película de varias décadas atrás, las llamadas se hacen a través de un teléfono fijo, y la escena del vibrador no cuenta ya que es un plagio. No creo haberlo leído en ninguna crítica, pero si esta comedia romántica tiene alguna virtud es ignorar, deliberadamente, el marco tecnológico de su propia época, ya que en 2009 existían internet y los teléfonos móviles, hasta donde recuerdo, y las compañías de telefonía móvil ya estafaban a sus clientes, Facebook ya había prohijado sus virus, se discutía la legalidad o no del streaming y se daban los primeros pasos para establecer, mediante el software DTN (Disruption-Tolerant Networking) de la NASA una internet interplanetaria.


No me van a decir que no se enteraron, o deberé pensar que estuvieron durante ocho años rascándose, al igual que yo, sus partes pudendas. Dicho lo cual, debo mostrarme de acuerdo con las críticas que otorgan media estrella a esta obra por su contenido previsible, lleno de lugares comunes, con diálogos chatos; y también debo concordar con los pocos que la condecoraron con cinco estrellas por ser hilarante, mordaz, divertida, genial. Me parece, por tanto, malísima y excelente a la vez.

No estoy siendo ambivalente, o sí -además no me importa-, tan sólo objetivo, y me temo que mi apreciación tenga bastante que ver con las muchas docenas de veces que vi esta película, desprevenidamente, en la TV de aire y por cable, usada como relleno por falta de mejor programación. Tal como vaticinaba Ruth McCann del Washington Post, esta es "una comedia romántica tan cruda que es deliciosa, refrescantemente sarcástica, el film es vacío y fugaz, edulcorado, un pasatiempo. Pero no hay nada vergonzoso en ello. Y si te niegas a verla ahora, algún día te la pondrán en un avión. Y la verás. Y esa es la cruda realidad." El final, a mi entender, ha sido desaprovechado. Me hubiese hecho muy feliz que el globo aerostático se viniese a pique mientras los tórtolos se besan, o  bien que la pareja, molesta por los consejos del guía, lo arrojase al vacío como evidente lastre argumental, ya que de todos modos tenía los segundos contados, o ambas cosas, para rematar la liviandad del argumento con una ligera dosis de cruda verdad, volviendo al título inolvidable.

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