De Macondo a Salas, pasando por Mantovani
Supongo que no tiene nada que ver que la esposa de uno de los realizadores sea colombiana, pero veo una línea recta que une a Daniel Mantovani, premio Nobel argentino de Literatura (en la ficción), cuyas novelas han hecho famoso a Salas, su pueblo natal, recreado (para la película) con un destilado al setenta por ciento de locaciones de Navarro, provincia de Buenos Aires, donde los extras no pudieron ver el estreno de El Ciudadano Ilustre porque en 2016 (y en la realidad) no queda un solo cine, con Macondo, ciudad ficitica creada por el premio Nobel colombiano de literatura (en la realidad) Gabriel García Márquez, nacido en el municipio de Aracataca, sumido en tal pobreza en la realidad que, en 2004, con el fin de reactivar la economía, intentó cambiar su nombre por el de Macondo, pero sus habitantes mostraron tal falta de interés por el referendum que la medida fue descartada.
Si la tesis de la película era que no basta un ciudadano ilustre para cambiar la chatura y mediocridad de la aldea que lo vio nacer, la realidad se ha encargado de demostrarla. He leído algunas críticas de fanáticos que sostienen que este es un film antiargentino; ahora pueden agregar a sus prejuicios que también es anticolombiano. Con igual criterio fundamentalista y sin pruebas presupongo que la gente de Aracataca y de Navarro son personas maravillosas, pero si en pleno siglo veintiuno a una le falta un cine y a otra no le importa el marketing turístico, doy por sentado que sus habitantes no se ofenderán si alguien simplemente se los recuerda.
Y esto hecha por tierra, hasta cierto punto, la objeción de que la película es demasiado localista, ya que en un solo párrafo, sin necesidad de comentar el argumento, hemos cubierto una buena porción de realidad geográfica, intelectual y económica de Sudamérica.
Desafortunadamente, este localismo juega en contra de la actuación de Antonio, el personaje de Dady Brieva: sólo un argentino podría reconocer la perfecta encarnación de ese ser cínico, de doble moral, envidioso, que nos tiende una mano en virtud de una hermandad inexistente, pero que no vacilará en apuntarnos con un arma apenas le demos la espalda. Si uno se ha topado con este ejemplar, del cual no faltan exponentes en casi ningún pueblo de la Argentina, coincidirá en que la actuación de Brieva es genial, exceptuando algún innecesario paso de baile donde el guión, por un segundo, hizo agua. Pero si uno desconoce este prototipo, tendrá buenas razones para pensar que la actuación de Brieva es mediocre. Irene, el personaje de Andrea Frigerio y sometida esposa de Antonio no está mal, pero habría que preguntarle al departamento de maquillaje cuál fue la intención al arruinarle su bella cara, ya que unos moretones al estilo Barbie Vélez hubiesen sido más eficaces.
Contrastando con el personaje de Brieva, dos extras, un hombre y una mujer, habitantes reales de Navarro, que se acercan al escritor atribulado y le ceban un mate sin mediar palabra, no sólo nos recuerdan el altruismo, la calidez y la hospitalidad que podemos encontrar, en la realidad, incluso en las situaciones más hostiles. También nos revelan, con el poderoso silencio de la escena, el papel secundario, casi murmurado, del resto de la banda sonora, que acompaña la llanura visual de toda la película: aunque no es lo que Hollywood espera, ni siquiera muchos críticos, esa imagen aplanada y melancólica es real, y basta alejarse de las grandes ciudades argentinas para reconocerla. Aquí también el localismo jugó en contra, ya que sería muy difícil para un extranjero entender que esas casas ruinosas y descascaradas, esas calles áridas y desérticas, iluminadas por un sol que no encuentra mucho por reflejar, realmente existen. Esta es una coproducción argentino-española, y los españoles parecen haberla comprendido mejor, salvo los excesos localistas mencionados. Es evidente que al argentino aún le cuesta disfrutar de una buena película sin preguntarse primero a quién tuvo que vender su alma el director, cuál es su filiación política o qué grado de complicidad tiene con la mafia. Tampoco parece haberse enterado de la muerte, en la realidad, de las ideologías, y mucho menos entender que una postura ideológica en una ficción es, ni más ni menos, una doble ficción y que frente al resultado de la obra carece de la menor importancia. Es aquí donde cabe ubicar a Florencio Romero, el personaje que encarna Marcelo D'Andrea y contrafigura del protagonista.
Florencio Romero interpela, por momentos parafraseando a Fidel Castro, la supuesta rebeldía del artista: sería muy larga e innecesaria la lista de artistas latinoamericanos que se erigen en voz de los oprimidos o critican el establishment, pero desde sus mansiones inalcanzables. Los propios directores expresan esta contradicción en una entrevista concedida a ScreenDaily:
"El laureado escritor es muy provocativo en sus declaraciones. Uno puede o no acordar con lo que dice, pero sobre todo nos interesaba la reacción del público, las reflexiones que puede generar, como cuando menciona la incompatibilidad entre 'cultura' y ' subsidio'. Nuestra película necesitó de un subsidio para ver la luz. No es una película que puedas ver pasivamente. Te lleva a tomar partido, pero dando opciones por vía de diversos personajes, no siempre el escritor interpretado por Oscar Martínez".En parte por la impecable actuación de Oscar Martínez, las casi dos horas de la película se sobrellevan sin dificultad.
SINOPSIS
Daniel Mantovani es un escritor argentino que vive en Europa desde hace más de tres décadas, consagrado mundialmente por haber obtenido el premio Nobel de literatura. Sus novelas se caracterizan por retratar la vida en Salas, un pequeño pueblo de Argentina en el que nació y al que no ha regresado desde que era un joven con aspiraciones de escritor.
Entre la numerosa correspondencia que recibe diariamente le llega una carta de la municipalidad de Salas en la que lo invitan a recibir el máximo reconocimiento del pueblo: la medalla de Ciudadano ilustre. Sorprendentemente, y a pesar de sus importantes obligaciones y compromisos, Daniel decide aceptar la propuesta y regresar de incógnito por unos pocos días a su pueblo.




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