Primera temporada, episodio 1:
Más que androides, parecen smartphones: la última actualización fue un desastre, sobrescribió a medias las versiones anteriores y una nueva característica, el "ensueño", demostró ser un error. Los robots empezaron a saltarse líneas de código y a salirse sospechosamente del guión. No del guión de la serie, adaptación de la novela de MIchael Crichton, precisamente, sino del guión programado para entretener a los clientes que pueden pagar por ello, dando rienda suelta no sólo a sus más bajos instintos, sino también a los más altos, porque Westworld "no saca lo peor de uno, sino lo que uno verdaderamente es". Para que los clientes puedan satisfacer tan altas y bajas pasiones es necesario, lógicamente, llevar a los robots al taller al fin de la jornada donde recibirán un adecuado mantenimiento, que incluye una especie de terapia. Los técnicos harán a los robots preguntas de corte metafísico, que deberían hacerse a sí mismos, pero que no se hacen.
"Dolores, ¿alguna vez cuestionaste la
naturaleza de tu realidad?"
La pregunta es demasiado humana. Que la realidad sea una simulación ya se ha propuesto a niveles académicos: si fuésemos
capaces de crear inteligencia artificial, podríamos a su vez ser
creaciones de seres más avanzados. Sin embargo, aunque los técnicos de Westworld jamás se cuestionan la naturaleza de su propia realidad, les preguntan a los androides si ellos lo hacen. Es una pregunta desperdiciada, puesto que todos sabemos que los androides se rebelarán contra sus creadores humanos. Tanto el Golem de la leyenda hebraica medieval como el monstruo sin nombre que gracias al cine adoptó el apellido de su creador Víctor Frankestein, fueron concebidos originalmente para obedecer y no dañar a ningún ser humano. Pero ambos se volvieron en contra de sus creadores, ya que es un terror inherente a la naturaleza humana, al parecer, la creencia de que dotar de inteligencia a la materia inerte es ocupar el lugar de Dios o de los dioses y se ha de recibir por ello un merecido castigo.
Supongamos, no obstante, que pudiésemos crear androides como los de Westworld. ¿Les dejaríamos adivinar quiénes somos? La experiencia humana
demuestra que, si vivimos en una simulación, los autores de la trama nunca se
dejan ver directamente. A menos, claro, que consideremos las
teofanías (la aparición de seres
radiantes ante Moisés o Gengis Kan, por ejemplo) como encuentros con el Creador o, cuando menos, uno de sus representantes autorizados. Pero en Westworld no hay mucho lugar para las sutilezas. Si un robot se descontrola al punto de poner en riesgo la vida de sus creadores, se lo puede controlar mediante una tablet -si, una tablet- y si la cosa pasa a mayores directamente a balazos, del mismo modo que hacen los visitantes del parque, por diversión.
En este capítulo de presentación veremos a un turista disfrazado de vaquero enamorándose de la bella Dolores, al padre de Dolores susurrándole un terrible secreto antes de ser reemplazado por un nuevo padre androide, sin que a ella se le mueva un pelo a la mañana siguiente; imponentes vistas aéreas de las instalaciones de Westworld rodeadas de desierto, la obsesión de un cliente por
sonsacar de un aborigen americandroide los secretos del "nivel
más profundo del juego", a punta de pistola y con exceso de torturas. Veremos correr litros y litros de sangre
innecesaria, a veces mezclada con leche, por todo el episodio y por toda la serie. Veremos a los robots desnudos como un indiscutible acierto, a pesar de las mofas de los críticos, porque es necesario recordarles a los humanos en todo momento quiénes son los otros; y aunque sí veremos a la jefa de las prostitutas ejerciendo una refinada y brutal amabilidad, nos será negado, de forma egoísta, vislumbrar el germen de la liberación de los androides en el oficio más antiguo del mundo. Veremos al mentor y co-creador del parque, Ford, el gran Anthony Hopkins, explicando que no importa que
la última actualización sea un error, porque gracias al error la
evolución nos ha llevado no sólo a crear inteligencia
artificial sino a curar todas las enfermedades y que, por lo tanto, ya no hay motivaciones. En efecto: el espectador no sabe que lo mejor empezará a partir del tercer episodio, y no hay razones en el primero ni en el segundo para hacerlo desistir de una probable huida.

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